Federico Arcuri
‘VA. 2’
2025
70 cm x 50 cm
Acrílico sobre lienzo
Firmado en el reverso
Incluye certificado de autenticidad
Federico Arcuri transita por diversos estilos e influencias, desde la ilustración hasta la dirección artística y la pintura figurativa. En sus obras sobre lienzo, explora mundos en blanco y negro creados con tiza, papel, escritura con plotter y trazos irregulares. Sus temas son paisajes metropolitanos, soledades subterráneas o la imaginería cinematográfica de los fotogramas. Arcuri es un artista en constante movimiento, cuya mente, siempre cambiante, se rige por el espíritu errante y la ilusión de la apariencia, se encuentra en movimiento. Arcuri siempre nos ha presentado pinturas donde la gente camina, se encuentra, se alinea, se mira y a veces se ve, a veces no. Inmersas en plazas vacías, en un vagón de metro o a contraluz, sentadas en bancos de iglesia. Acrílicos sobre lienzo, tiza e inserciones de papel japonés, para obras de mediano y gran formato que parecen moverse entre saltos en el espacio y el tiempo. Imágenes efímeras que parecen hundirse en las profundidades de un lienzo para resurgir en otro lienzo contiguo, en una obra que oscila entre la figuración, la geometría y la abstracción. La investigación de Federico Arcuri se centra en el estudio de los espacios urbanos, la arquitectura y las personas en tránsito, que el artista fotografía para luego plasmar en una imagen final donde las líneas de los edificios y los caminos, de lugares familiares, se convierten en acumulaciones impersonales, una retroalimentación que propone una nueva tensión de la memoria que tiende a reformular y reinterpretar la relación entre individuo, entorno y metrópolis. Si bien, por un lado, es evidente que los espacios son precisamente los de la ciudad de Milán, por otro lado, en la reinterpretación conceptual de Arcuri, estos se convierten en espacios universales, quizá oníricos, sin duda utópicos.Y los encuentros son citas que se pierden (…) Es fácil dejarse llevar en este mundo cada vez más pálido e indefinido, donde realidad, posibilidad y ficción son intercambiables. El resultado no es tanto hojear la suma de muchas historias interdependientes, sino adentrarse en una sola.
Martina Cavallarin
Si en la pintura actual se pretende salvaguardar el valor de la figuración, sería conveniente presentar ejemplos de renovación que den sentido a la trayectoria y protejan al artista de la acusación de trabajar en una retaguardia estancada, ajena al presente. Esto es precisamente lo que Federico Arcuri logra, y con creces, pues su cultura de la imagen es vasta y se nutre de una trayectoria profesional de larga data. Así, se nutre principalmente de dos fuentes: la fotografía y el grabado, entendidos no como una práctica calcográfica, sino como «arte publicitario» (dejemos de lado este término, más popular que el despectivo «publicidad»). Federico Arcuri, en efecto, toma fragmentos de la realidad, congelándolos en planos que escogen del continuo espacio-tiempo los destellos que le fascinan, seleccionándolos según la lógica de la composición y la recomposición, lo que convierte la imagen en una meticulosa incrustación de luces y sombras, fruto del trabajo de quien sabe calibrar el desorden. Su cultura de sólidos y vacíos emerge particularmente de los cortes de luz, siempre personales, que crean esa atmósfera característica y placentera de suspensión posthumana (posthumana incluso cuando las figuras están presentes: ¿de qué sociedad dan testimonio? ¿De dónde vienen? ¿Acaso pretenden tomar las riendas de su destino?). Otra referencia, no del todo descabellada, será, por tanto, la del cine de Andrei Tarkovsky, ese director que más que nadie supo trabajar en el subterfugio de una temporalidad alterada dentro del flujo de imágenes. Así, las suspensiones creadas por Federico Arcuri resuenan con las de películas como Nostalgia, Stalker y Solaris, de tal manera que ya lo hacían antes: las obras más importantes del pintor, de hecho, datan de un período anterior a su descubrimiento por este director.
Gabriele Dadati














